Sábado 27 de noviembre. Mediodía de cielo gris y muy frío. En el viejo Opel hasta la entrada de Albalat. Aparcamos en la rotonda antes de cruzar el puente. Líneas blanca y amarilla al otro lado de la rotonda: cruzamos vías del tren por un paso inferior. El camino asfaltado sube hacia la autopista. Transitamos paralelo a la autopista durante un buen rato. Atravesamos el antiguo tunel del tren. Un poste de madera nos indica hacia la Redona y por fin podemos pasar al otro lado de la autopista por un paso inferior para coches con hermosas pintadas en sus costados. Ascendemos a la derecha durante un buen trecho con el ruido de fondo del tráfico. Vistas al valle de Sagunto y el mar al fondo. Un poco ahogados por el esfuerzo. En el primer cruce de caminos seguimos recto. En el segundo tiramos a la derecha hacia el Barranc de les Merles. La senda baja entre vegetación densa, moreras, pinos, alguna higuera y monte bajo medio en penumbra. Tomamos desvío a la derecha indicado con líneas blanca y amarilla en lugar de seguir recto por la blanca verde. Enseguida desembocamos en una pista de tierra para coches. Subimos por ella a la derecha hasta que volvemos a encontrarnos con poste de madera indicador: Albalat 37'. El resto del camino es desandar lo andado.
Distancia: unos 11 km.
El perfil de la ruta.

Mapa topográfico.
No sé si repetiremos este itinerario. Demasiada presencia humana. La primera media hora larga se hace pesada por la presencia constante de la autovía que se tarda en cruzar y dejar atrás. Mucho chalet construído, pocas veces con buen gusto. Sin embargo, aunque el camino en sí mismo no es maravilloso, las vistas que ofrece sí son chulas. Pinadas verdes y frondosas. La majestuosa Sierra Calderona, con impresionante cordillera a lo lejos. Las mandarinas que probamos, deliciosas: con su punto justo de acidez, frías frías y llenas de pepitas como no comía desde que era un crío.
ResponderEliminarAnécdotas: la pareja de cazadores acompañados por una manada de tal vez 10 o 15 perros que nos salieron al paso, jóvenes y simpáticos, con aspecto de podencos y por el parecido, la mayoría de la misma familia: aquello era un batiburrillo de primos, tíos y hermanos.
El caballo blanco que nos olió con curiosidad detrás de su reja y posó con sobria elegancia para las fotos.
El frío que pasamos mientras reponíamos fuerzas con la comida.